ME LLAMO CARMEN

Me llamo María del Carmen Casta Celina Secundina Herrera Portés Viuda de López,  natural de Barbacoas, Colombia.

Nací el  Primero de Julio de  1887. Mi madre Helena me bautizó María por ser mujer,  Carmen por nacer en Julio (el mes consagrado a la Virgen del Carmen), y los demás nombres… según me contaron, los debo al santoral de mi natalicio, aunque  ahora que en el cielo tengo la oportunidad de consultar esos documentos,  no encuentro concordancia  entre las listas de santos, sus días de consagración  y la fecha de mi nacimiento.

A mí la verdad no me acaba de agradar  ese extenso nombre,  luego prefiero que mis tataranietos me llamen simplemente  Carmen, o, si lo prefieren, Abuelita Carmen.

Como les decía, nací en Barbacoas, Nariño, un olvidado y pequeño pueblo minero a orillas del Rio  Telembi, en medio  de una selva infinita que se extiende como un mar verde por toda la costa pacífica Colombiana. Es realmente un sitio mágico, dotado de  la mayor biodiversidad del planeta y bañado por miles de ríos y arroyos que brillan por las pepitas de oro que contienen sus arenas, pero también pleno de  paludismo, tigres,  fiebre amarilla, coca,  guerrilla y abandono.

Si el gobierno valorara  nuestras riquezas naturales !!!!

En fín, visitar mi pueblo natal no es fácil, ni seguro, pero si se aventuran,  mis queridos tataranietos, les doy algunas indicaciones. Desde el cielo trataré de protegerlos en su travesía, aunque no les aseguro nada.

La opción mas rápida  es saliendo de Tumaco por carretera, en un viaje que dura como cinco horas. Antes duraba el triple, pero la situación mejoró, y  todo  gracias al trabajo de los señores del pueblo.  Les cuento cómo  se hizo realidad el  milagro? Una muy efectiva huelga de piernas cerradas que hicieron las mujeres. Ante semejante crisis de abstinencia sexual, todos los hombres corrieron de manera voluntaria y diligente  a colaborar  en la mejora de la via, y así, rápido, se arregló la carretera.

Una segunda via de acceso  es fluvial, siguiendo una  travesía mas larga pero mas pintoresca, aunque peligrosa por la cantidad de retenes ilegales que ha colocado la guerrilla, los paramilitares y los cultivadores de coca.   Para llegar en lancha deberán salir de la ensenada donde está el embarcadero, entrar al rio Patía por sus esteros y manglares, buscar la confluencia con el Rio Telembí en plena selva,  navegar sus aguas, y  así, después de siete horas,  habrán llegado felizmente a su destino.

Y la última alternativa es saliendo de Pasto en dirección Tumaco via Junín. De ese poblado se desprende un carreteable que conduce a Barbacoas. En Junín  empieza la aventura.  En el camino deberán  entenderse  no solo con retenes ilegales de los mismos grupos arriba mencionados sino con precipicios y derrumbes causados por el invierno.

Y como siempre llueve !!!

Ya bajando la cordillera el paisaje cambia,   es la llanura del pacífico, una selva impenetrable con una vía casi que  intransitable, pues los cráteres de la carretera con la lluvia se vuelven lodazales que ni las mulas atraviesan.

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Fig 1.  Carreteable via Junín – Barbacoas.

Que porqué vine a nacer en Barbacoas?

Locuras  de mi abuelo. Ya mis nietas han contado parte de la historia.

Faustino se llamaba, igualito a  mi Padre, vino a parar a estas tierras para extraerle  las pepitas de oro al río, y para esto mandó abrir socavones con la diligente colaboración de sus esclavos.

Esclavos, claro, pero muy bien tratados. Hasta los bautizaba. Los registros que prueban lo que digo  reposan en los ”Libros Acostados” conservados en la Catedral de Barbacoas. Les recomiendo su lectura, pero háganlo pronto, pues se están deshaciendo en pedazos por la humedad.

Esto de la minería a mi abuelo le funcionó bastante bien. El oro le alcanzó  incluso para  fundar un pueblo al frente de Barbacoas, Magüi Payan, se llama. Yo la verdad   nunca entendí que  bicho lo picó para acometer semejante empresa. Mi papá me contaba  que sacó de su propio bolsillo quinientos pesos, que era mucho dinero en esa época,  para adquirir las tierras donde finalmente pudo realizar su sueño. Así, mis queridas tataranietas, ustedes tienen a su haber un tatara-tatarabuelo fundador de pueblos en la mitad de la selva.

En cuanto a papá, también vivió de la minería, e igualmente le fue bien. Es una lástima que se hayan perdido los títulos mineros a la muerte de mi Hijo Jacinto. Les hubiera podido dar a ustedes, mis queridas niñas, esa valiosa herencia.

De mi infancia no me acuerdo mucho. Fui la menor de cuatro hermanos. Crecí en casa, nunca fuí a la escuela, mi madre  me infundió la fé a la Virgen de Lourdes, me hizo entender la diferencia natural entre nosotras  las blancas y los esclavos, de quienes siempre mantuve distancia,  y me enseñó algunas palabras y oraciones en Frances. No les había contado que mi madre, aunque natural de Esmeraldas, Ecuador,  era de origen frances?  Esa historia la deberá contar ella de su propia voz.

Que por qué no fuí a la escuela?  Es que yo no fui la  hermana mayor, y tampoco nací varón, así que no tenía derecho a la educación.

A leer y escribir me enseñó mas adelante mi esposo Gustavo, maestro por naturaleza y profesión. Él siempre desempeñó su oficio por pura pasión, algo que vino a transmitir a sus hijos, nietos y bisnietos.

Les adjunto el diploma que la Escuela Normal de Institutores del Departamento del Cauca le otorgó como maestro acreditado. Original en poder de mi nieta Maria Elena.

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Fig 2. Diploma de acreditación de Gustavo Lopez Pabón como Maestro de Escuela Elemental

En cuanto a mí, resulté muy buena alumna. Gustavo no solo me enseñó a escribir sino a hacerlo con una muy bella caligrafía.

De mi estilo de letra, y de mi gusto por la culinaria queda un cuaderno que conserva Glorita, una de mis nietas, escrito a mano de mi puño y letra. Aprovecho de una vez para enseñarles una de mis recetas favoritas: Zeresas en aguardiente.

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Fig 3. Receta de la abuela. Original del recetario en poder de Gloria, su nieta

Pero no estoy hablando de recetas. Lo que sucede es que a veces me pierdo en el hilo de mis recuerdos.

En casa compartí mis juegos de infancia con mis hermanos. Yo era la menor. Adela me llevaba diez años, Elisa María  ocho y Tomás, mi único hermano varon,  cuatro.  Así que yo era la chiquita de la familia. Mas que jugar, me cuidaban, yo era su trompo de poner.

Adela supo desempeñar su papel de hija mayor,  pues años después se encargaría del cuidado de mi madre. Quizas por esa obligación nunca se caso.

En cuanto a Elisa María, ella tomó  muy en serio lo de la devoción a la Virgen, pues mas tarde se ordenaría monja de claustro  y viviría y moriría  en Quito consagrada a nuestro Señor.

Mi hermano Tomás sí se casó. Lo que pasa es que el tiempo borró esa historia, y no puedo decirles  qué fue de su vida.  Quizas mis nietas averiguen algo. Por lo pronto, les comparto la única fotografía  que conozco de mi hermano. En el reverso dice que fué tomada en Cali, pero eso es todo lo que sé.

Tomas

Fig 4. Tomás Herrera, Hermano de Cármen

Y respecto a mi vida, continúo con mi historia.

A medida que ibamos creciendo,  mi mamá se preocupaba mas y mas de  nuestro futuro, pues quería  vernos bien casadas, y  Barbacoas, aunque floreciente en ese entonces, no era según ella el sitio donde fuéramos a encontrar adecuados pretendientes.

Mi mamá nunca se sintió a gusto viviendo en medio de la selva, y siempre aprovechaba la oportunidad para intentar convencer a papá que nos mudáramos a Tumaco.

Él no estaba de acuerdo con la idea, y tenía sus razones, pues de lo que él sabía era de minería, y  la minería estaba en Barbacoas,  y además  Tumaco era mucho mas pequeño.

Y mi mamá le refutaba. “Que si, pero que Tumaco es un puerto importante, y que hay mucho comercio, y que se consigue de todo, y que hay gente de todo el país, y que llegan los barcos de Europa, y que yo quiero ver bien casadas a mis hijas.

Esta discusión se repetía diariamente y no se llegaba a nada, y nada hubiera cambiado de no ser por el incendio.

Yo tenía 18 años, me acuerdo mucho. Era Sábado y ya estaba dormida. Entonces me despertó  la gritería. Me asomé a la ventana sin saber que pasaba, y ví a la gente correr en todas direcciones.  Mi mamá  acabó de despertar a mis hermanos y salimos a la calle.  Afuera solo oíamos gritos de auxilio, pedidos de  ayuda,  “que mi casa se quema”, “que me faciliten algo para cargar agua, que quien ha visto a mis hijos, que me ayuden a sacar los corotos que se me estan quemando”.

Recuerdo ese incendio como si fuera ayer. Recuerdo el humo que penetró mis pulmones y me hizo sentir ahogada. Recuerdo el  cielo iluminado por miles de astillitas de madera encendidas, como luciérnagas rojas, revoloteando  en todas direcciones y posandose en los techos para iniciar  nuevos incendios.  Recuerdo la angustia de mi madre, recuerdo el llanto de Adela.

Nuestra casa no se quemó, pero el pueblo quedó en ruinas.

A la mañana siguiente todo era desolación. La gente deambulaba en silencio, sin rumbo fijo, sin levantar la mirada, humedeciendo las cenizas  con su llanto .

Ese día mamá  sirvió el desayuno como siempre, como si no hubiera pasado nada, esperó a que todos termináramos, y  antes de recoger la loza se dirigió a papá y le dijo  en un tono firme y severo como nunca lo había oido: “Ya no aguanto mas, nos vamos de este infierno”.

Papá  no dijo nada, se sirvió una segunda tasa de chocolate  y la bebió pausadamente.

No se habló mas. No se tuvo que hablar mas. En un pacto de silencio, entre todos empezamos a empacar. Partimos a Tumaco, despidiendonos para siempre de ese pueblo de oro, de esclavos, de paludismo, de  fuego.

Con los ahorros de la minería mis padres pudieron adquirir una casa en el marco de un nuevo parque que recién estaban terminando de construir, el Parque Nariño. No era tan grande como el Parque Colón , construido dos años antes, pero era mucho mas bonito. Nuestra casa, como la mayor parte de las casas, estaba  construida sobre pilotes de madera, pues el mar entraba en marea alta  y con frecuencia inundaba las calles, lo que de paso nos permitía jugar en el mar sin salir de casa.

parque

Fig 5.Parque Nariño hoy.

Atrás quedaba el incendio y el aislamiento del mundo. Y como todo mal recuerdo, mamá estaba dispuesta a enterrarlo en el olvido. Para ella, según repetía incesantemente, “de aquí en adelante todo va para mejor”.

Con lo que no contaba mi madre era con un desastre aún peor que el del incendio, apenas un año despues de instaladas: El terremoto de 1906.

Que les puedo contar del terremoto?

A diferencia del incendio, el terremoto fué de día,  a las diez de la mañana. Era un Miércoles, a la hora en que el puerto, los parques y las calles estaban abarrotados de gente. El terremoto llegó sin anunciarse, sin temblores previos, y nos tomó a todos por sorpresa. En casa todo se movía, todo se caía de los estantes, las mesas saltaban,  hasta las casas se venían abajo. Y la tierra se abría, y  muy adentro, crujía.

A mí lo que mas me impactó fueron las grietas. No comprendia, nunca comprendí, porqué la tierra se abría y se cerraba como una cremallera, como si estuviera viva. En ese momento entré en pánico, y gritaba. A mí lo que mas me angustiaba era caer en esas grietas que llegaban al infierno. Me horrorizaba ser devorada a medias por la tierra, quedar la mitad afuera, la mitad adentro.  Por eso siempre  le inculqué a mis hijos y a mis nietos que si les tocaba un terremoto,  se acostaran en el piso con los brazos abiertos para que no se los tragara la tierra.

Pasado el terremoto el mar se retiró, y se fué lejos de la playa,  como tomando impulso para gestar enormes olas que borrraran el pueblo de la faz de la tierra.

Siempre me pregunté qué pecados había cometido la gente  para ser castigada de esa forma?

Afortunadamente el Padre  Gerardo organizó una procesión de emergencia, desde la Catedral hasta la playa, llevando el cáliz  en alto como símbolo de fé nos invitaba a orar para que el Señor aplacara su furia.

Y el mar se calmó, y las plegarias fueron atendidas, y  Dios perdonó al pueblo.

De manera que Tumaco volvió a levantarse, y continuó progresando, llegando rápidamente a superar en tamaño a mi pueblo natal.  Mucha gente, como nosotros, emigró de Barbacoas a raíz del incendio,  pero también llegó gente de Pasto y del interior del país, incluso del Ecuador.  Por esos días,  de San Pablo, Nariño, llegó un joven maestro, Gustavo Lopez Pabon,  mi futuro esposo, a probar fortuna.

Pero antes de seguir adelante con mi historia de vida les cuento otro suceso que se me quedó grabado en la memoria: La visita de la estrella con una cola que parecía un manto de luz. Tantas cosas raras sucedían en mi pueblo.

Una noche apareció en el firmamento una estrella diferente a las demás. Los primeros en darse cuenta del fenómeno fueron los niños, que son los únicos que tienen tiempo para bobear mirando al cielo.  El caso es que una noche apareció la tal estrella  con una  cola enorme, y cada día que pasaba se hacía mas y mas brillante,  aunque no todas las noches la podíamos ver, pues el cielo en Tumaco casi siempre andaba encapotado. Llegó un momento en que la cola era tan brillante que se podía ver de día, y cubría casi la mitad del cielo.

A mi lo que mas me  preocupaba es que se fuera a caer encima del pueblo, o que esa cola  iniciara un nuevo incendio. Los Domingos, el Padre Gerardo nos tranquilizaba en el sermón, pero nos advertía que  eso de la estrella era una señal del Señor para recordarnos su grandeza  y que debíamos ser puros y que debíamos orar mucho, y yo le oraba a la Virgen de Lourdes con profunda devoción, pues no quería enfrentarme a otro incendio.

Al mes de aparecer ,  el cielo, como el mar, se aplacó,  y la estrella no volvió a dejarse ver nunca mas. A mí me quedó el recuerdo  grabado de por vida y la historia la narré mil veces a mis nietos. No sé si me creyeron. No lo creo. Quién va a creer eso de una estrella con cola que se ve  a plena luz del día?

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Fig 6. San Pablo, el pequeño  poblado de clima medio del que era natural Gustavo, esposo de Carmen. El munipio perteneció al Cauca, luego pasó a manos de Nariño, regresó al Cauca y finalmente se quedó en Nariño.

 

Pero otra vez me perdí en el hilo de mi historia.

Gustavo, ya lo he dicho, amaba la enseñanza, pero igual le apasionaban las matemáticas.   Yo pienso que mis hijos y nietos heredaron de mi esposo su inteligencia.

En Tumaco mi Esposo se desempeñó como maestro, fue su oficio de vida. Pero también trabajó de contador. Que yo me acuerde, le llevó las cuentas de gastos  a la Cárcel de Tumaco. Este oficio alterno fue lo que nos permitió vivir decentemente, pues ni a los maestros ni a los médicos el Gobierno les reconocía gran cosa.

 

contabilidad

Fig 7. Apartes de uno de los  libros de contabilidad que manejaba Gustavo, esposo de Carmen.

No me acuerdo cómo conocí a a Gustavo, pero lo cierto es que nos enamoramos. Yo creo que en esto del amor a primera vista ayudó mucho su bello bigote, así que el Miércoles 24 de Enero del año bisiesto de 1912, el Padre Rufino Díaz selló nuestro matrimonio  en la parroquia de San Andrés  de Tumaco.

 

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Fig.8 Partida de matrimonio de Gustavo López Pabón  y Cármen Herrera Portes

 

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Fig 9. Fotografía de Cármen, su esposo Gustavo Herrera y su primer hijo, Antonio,de tres meses de edad. Original en poder de  Luz Esther Lopez.

Tuvimos cuatro hijos, todos nacidos en Tumaco.  En su orden: Antonio, Jacinto, Aurelio Agustín, y  Luis Gustavo.

Aurelio Agustín, mi Aurelito, falleció a los siete años, se lo llevó una meningitis. Los médicos no pudieron hacer nada con la fiebre.  Aún lloro  desde el cielo su temprana muerte.

Mis otros tres muchachos resultaron mas bién juiciosos. Yo si hubiera querido que Toñito fuera sacerdote. No se pudo,  no se dejó convencer, y es que él por puro llevarme la contraria se ufanaba de ser ateo.  Que mi Dios me lo perdone y lo tenga en su santa gloria.  En cuanto a hijas mujeres,  como no las tuve , pues tampoco pude ofrecer  ninguna  al servicio del Señor.  No todos los deseos se convierten en realidad.

A medida que crecieron, mis hijitos fueron saliendo de casa uno a uno y terminaron haciendo sus vidas lejos de su pueblo natal. Pero esa es una historia  que deberán contar  ellos de viva voz mas adelante.   Por mi lado es momento de cerrar mi relato,  que me voy a leer ” La Hora Santa”, mi libro de oraciones favorito.  El resto de mi vida que la cuenten mis hijitos. Que Dios las acompañe, mis pequeñas tataranietas.

 

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Fig 10. La abuelita Cármen.

 

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